Helene Schjerfbeck,
Tres Autorretratos

Helene tiene la cara delgada, alargada, los labios hermosos, estrechos, muy rojos, y los mechones de cabello alrededor de su rostro.
Nos mira un tanto por encima del hombro. ¡Mirad, aquí estoy!Lo sé. Lo sé todo. El rostro siempre joven de Helene quien ya es una mujer madura.

A la izquierda, en el retrato, una niña de mejillas bastante rellenas. Todavía no se percibe la futura belleza de Helene. Pálida como la gente aquí en el norte, en Finlandia.
Helene ha perdido su padre muy pronto. El cielo se ha nublado.
Las nubes amontonadas, de color azul marino oscuro y gris, de las que no podrá liberarse –de estos sueños grises– han quedado colgadas por encima de la cabeza de la chica. Pero tendrá sus mejillas levantadas hacia arriba donde la blancura vidriosa de los cúmulos y tendrá sus ojos bien abiertos con la esperanza.
Levantará, de vez en cuando, sus mejillas hacia el cielo, pero el cielo seguirá siendo gris.
Muchos años después aparecerá un azul suave cuando Helene ya será una mujer madura, una pintora de viaje por el Veneto italiano.

El cuadro a la derecha es un grito sarcástico, tal vez una risa.
Helene es vieja, de los años pasados ha perdurado sólo la manchita de color rojo sangre en su labio inferior.
¿Eres tú, Helene? ¿Sigues estando aquí? ¿Te quedarás?
Siéntate, por favor.
Sabes, yo a veces también levanto mi barbilla hacia arriba con orgullo.

Igualmente como tú.