El fondo dorado, ensombrecido, amarillo y herrumbroso.
La gente congelada en tristeza;
los rostros congelados,
las manos congeladas,
las posturas encorvadas de los cuerpos congelados.
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No se mueven porque están unidos.
Los une Él al quien tienen en sus brazos.
El cuerpo blanco de través de toda la pintura.
Sus siluetas como los arcos de violines,
sus dedos como los sonidos lamentosos de violonchelos.
Los óvalos de sus rostros – como si fueran piedras preciosas engastadas en anillos.
La cara pequeña de María con los párados grandes y cerrados bellamente.
Los labios los oprime el dolor.
Los en lo alto de la cruz tienen cabellos rizados.
Hay que descender el cuerpo, así que están apresurándose en la escalera.
Pero ellos también han sentido el tacto congelante de la tristeza lastimosa y alargada como un sonido del violín. |
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Es bueno que están aquí.
Están reunidos, en una disposición uniforme.
Los pliegues de sus vestiduras, largos y lánguidos, han ondulado la pintura como un bosque en colores otoñales, detrás del cual el sol se pone herrumbrosamente, dejando el claro dorado.
Es bueno que se han congelado así – unos siglos después, eso servirá a un pintor flamenco quien fundará en ellos el ritmo de su obra.
Y es bueno que han venido por la tarde tan avanzada – el pintor transformará la puesta del sol en el oro amarillente y horrumbroso amortiguado. |